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 DEL LIBRO LOS CINCO AMORES MTRO JOAQUIN TRINCADO

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JOSE SALCEDO



Mensajes : 52
Fecha de inscripción : 26/11/2011

MensajeTema: DEL LIBRO LOS CINCO AMORES MTRO JOAQUIN TRINCADO   Dom Mar 11, 2012 8:30 pm

CAPÍTULO SEGUNDO
EL AMOR DE LA CARNE IMPONE LA FAMILIA



Este mismo epígrafe y lo que en él estudiaremos ha de confirmar también todo el capítulo anterior en todos los modos y maneras.

Digamos primero que: el amor de la carne, es un amor animal, brutal; pero de Ley inflexible para la perpetuación de la especie. Estudiémoslo en el hombre, como en los irracionales, esa unión es brutal, impositora hasta la tiranía; pero el lazo que crea en dos seres que funden sus almas, perdura en los dos individuos, aunque la unión sea fortuita; que, aunque así lo parezca, será raro que no sea una deuda contraída y por lo tanto un deber.

En los irracionales parece que el cariño queda sólo de propiedad de la hembra, pero no es así, ni aún en las fieras, desde que vemos que comparten la carga del cuidado y la procura de alimentos más de parte del macho, que de la hembra que amamanta a los cachorros o cuida de los polluelos. Lo que confirma que, la fusión de sus almas por la unión de cuerpos, les impone la crianza de sus hijos y su nido o madriguera representa el hogar del ser humano y por ende la familia.

«La Ley es una y la substancia una», hemos proclamado, y es lo mismo para los racionales que para todas las demás especies; pero que, el que peor cumple esta suprema Ley, es el hombre. Pero a su pesar no puede el hombre eludir la Ley y la cumple rigurosamente, aunque sea sólo en su primera parte, porque el aguijón del deseo se muestra irresistible, porque lo fuerza la naturaleza, llamándolo con el supremo goce que ésta tiene para la materia.

Desde luego, el estudio de esta Ley es infinito, porque cada caso es un capítulo de diferente grado, bien que sea similar a todos, como procedente de la misma Ley; pero difieren todos los capítulos, artículos, párrafos e incisos, en un grado.

El amor de la carne nos hace ver extravagancias, sublimidades, delicadezas y temeridades; pero siempre lleva aparejado la brutalidad, aún en la mayor delicadeza; y es a causa de la imposición de la Ley.

Mas nos encontramos con tales leyes de represión al amor de la carne, que la legislación Civil es un absurdo; pero la Religiosa, en una blasfemia que escandaliza a los seres y los deprime; pero los hace buscar medios de burlar Ley; lo cual es cometer muchos crímenes, además del suicidio propio; pero todo esto lo tenemos que estudiar en sus correspondientes capítulos.

A pesar de todos los obstáculos, rodeos y regodeos, todos son víctimas obedientes del amor de la carne, el que cobra muy caro su galardón de goce y de hijos, pues nos doblega y obliga a formar familia.

Pero hay algo más tremendo que la ley de la carne impone al varón y es el tremendo precio al que le vende la posesión de la hembra. He dicho que le vende, aunque la naturaleza no vende nada. Pero como tampoco da nada de balde ni regalado, puesto que hay que conquistarlo y devolver los frutos obtenidos de todo lo que tomamos de la naturaleza, diré venta, para entendernos.

Pero en el caso del amor de la carne, es terrible la exigencia de la Ley; pues pide en pago nada menos que un ejemplar de la especie y su reconocimiento, alimentación y educación, lo que equivale a renegar de la Libertad absoluta de acción y recluirse al encierro de la familia, creándose así insoportables deberes; insoportables por causa de la propiedad.

La brutalidad del hombre está amansada por ese imperio de la Ley y por una alianza tácita que tienen hecha nuestras bellas tiranas de no concederle al hombre la posesión de su sagrario sin previo juramento de formar familia: es decir casarse.

Y no es que la mujer sienta menos que el hombre el imperativo de la Ley de la carne; sino que esta ley toma por arma vencedora precisamente a la mujer para vencer la brutalidad del hombre; y lo vence, siempre que la mujer quiera cumplir su pacto tácito universal.

Es por este pacto natural, que la mujer, colectivamente, castiga a las que rompen el vínculo social y se convierten en mujeres del prostíbulo, a las que se les excluye de la sociedad, señalándolas como prevaricadoras y castigándolas con el desprecio.

Es una injusticia ese proceder, desde que es un segundo castigo, ya que ellas mismas se imponen el primero y bien terrible, desde que se exponen a su propia afrenta.

Aquí hay un gran sacrificio y una imposición de otra Ley mayor, que habremos de tocar en su capítulo correspondiente. Pero adelanto que, si no fuera por esas prevaricadoras (que las hubo en todos los tiempos), no podrían las demás cumplir su juramento tácito de no conceder al hombre su posesión sin el casamiento, porque no podrían contar con la seguridad de vencer la brutalidad o astucia del instinto de la procreación; de cuya brutalidad son víctimas esas prevaricadoras, que se sacrifican por las castas.

Recordad aquí la composición del alma y cuerpo humanos, siendo la verdad representativa del símbolo del Arca de Noé, con lo que sabréis que, en el cuerpo y alma humanos, conviven todos los instintos de todas las especies animales.

En esa comprensión, entended que la mujer sólo puede resistirse y no ceder al hombre, cuando en ella no está en celo el instinto animal que domina en el hombre en aquel momento; que si en ambos está en posesión de su derecho, el mismo instinto específico, podría ser la primera vez que se vean, pero se confundirán sin mirar consecuencias. Es que hablaban los sexos afines y se atraen y se funden.

Quiero ser claro como la Luz en este punto metafísico, que envuelve toda la fisiología y biología natural, pues sé que le pongo a la ciencia, el más grande y luminoso jalón.

Para que la mujer resista al pedido del hombre es preciso que no hable el sexo; el sexo no hablará sino cuando en el hombre y la mujer no hable el mismo instinto. Ejemplo: El hombre está dominado por el instinto caballo y se dirige a una mujer que en aquel momento está bajo el dominio del instinto león; por más intrigas, astucias, promesas o fuerza bruta que ejerza el hombre, no vencerá a la mujer; pero puede haber un crimen. Pero llega el hombre dominado por el celo león como la mujer, y a la que visteis defenderse con uñas y dientes, se rinde melosa, suave, en todo su ser, sin medir consecuencias. Es que habló el sexo y es voz omnímoda.

Aquí, Psicólogos, Biólogos y Fisiólogos, os queda un ito que os conducirá en un sin fin pero claro camino.

Cuando se encuentran dos seres en el mismo momento de dominio del mismo instinto, no se resisten; y esto nos explica esos cataclismos de familia, que hacen una página sensacional por producirlos la fuga, el suicidio, el divorcio y otros modos de separación de un matrimonio que antes era ejemplar en fidelidad, según el requerimiento extorsionante de la Ley.

Hay, sí, muchas otras causas de justicia y compensación, como también de una pasión o vicio que producen esos mismos cataclismos; pero corresponden a otros capítulos. Pero sus causas las tenemos estudiadas en la primera parte de nuestro «Código de Amor Universal» y anotaremos lo que sea preciso, cuando nos sea necesario, al tocar tales amores y materias, pues aquí solo haremos probar que «El amor de la carne impone la familia».

Un mero vistazo que se dé sobre cualquier proceso que sigamos entre enamorados, nos pone en la certeza del axioma que explicamos.

Existe la liga tácita de la mujer de negar al hombre su posesión, para obligarlo a casarse y no se lo podrá discutir, ni negar nadie a Schopenhauer, que la descubrió y la sentó.

El hombre la prevé y guarda las fórmulas de la galantería y la delicadeza con la mujer que ha elegido para su compañera, la cual se ofrece en un todo para llenar y colmar el deseo de su amado; pero ese ofrecimiento tiene una fecha por condición y es el día del casamiento. No se resistirían ninguno de los dos; pero en ella, el pacto secreto del sexo y la educación adecuada para rendir al hombre, la hace resistir, manteniendo en acción el instinto mismo que en el sexo del pretendiente domina y de este modo la atracción no los deja separarse y los mantiene en el deseo. El hombre no respetaría; pero las leyes sociales, su propia dignidad, el temor de las consecuencias lo retienen y apresura cuanto puede su casamiento para la posesión del cuerpo y alma de la mujer. ¿Y cuál es el pensamiento de los dos? Los dos y más la mujer, aunque sabe que lleva la peor parte, piensan en el hijo que los retrate.

He aquí probado en toda la evidencia que: «El amor de la carne impone la familia». Lo que nos confirma que el amor de la carne es Ley; y como este punto ya lo tenemos impreso en «El Magnetismo en su origen», «Método supremo», no haremos más que trasladarlo aquí, puesto que es un resumen de todo cuanto a ese respecto hemos estudiado en toda nuestra obra.

jOAQUIN TRINCADO
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