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 EL AMOR REGENERADOR IMPONE SACRIFICIOS/DE LOS CINCO AMORES/MTRO J TRINCADO

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JOSE SALCEDO



Mensajes : 52
Fecha de inscripción : 26/11/2011

MensajeTema: EL AMOR REGENERADOR IMPONE SACRIFICIOS/DE LOS CINCO AMORES/MTRO J TRINCADO   Mar Feb 14, 2012 7:32 pm

El amor regenerador impone sacrificios


Lo mismo que miremos el amor en el hogar, como que lo consideremos en los hombres dentro de la sociedad, como igualmente en los misioneros moralistas y aun en los medios de que se valen los hombres políticamente, observamos siempre el sacrificio personal de los tales héroes. Y es que, como bien dijo Alem: «La vida de los pueblos, lo mismo que la de los individuos, se desliza entre esperanzas y dolores».

Es de necesidad que así sea para que vivamos, por que sino cambiara nuestra alma con el paso del tiempo, seríamos un árbol agostado; un cambio baldío, cubierto de malezas.

Pero nuestra alma, con nuestro cuerpo, no puede, por sus instintos, ir al sacrificio y sin embargo van. ¿Porqué van? ¿Quién los empuja y los saca de su beatitud, arrojándolos a empresas que han de sobrevivir al cuerpo mártir? Nosotros ya lo podemos decir secamente: Nuestro propio espíritu nos empuja.

Esto no es una hipótesis para la sabiduría; para ésta es un axioma de la vida eterna y continuada, aunque para la ciencia no pueda jamás pasar de ser una hipótesis y a lo más una teoría, pero incambiable, que equivale a una ley axiomática del valor por lo menos de las que fundamenta la ciencia en las experimentaciones.

La vida nos impone su creencia sin palpar de ella más que los efectos; pero no nos obliga a su creencia ni a su experiencia en un momento dado, sino que nos deja la libertad de creerla y experimentarla cuando nos venga en ganas; y es que la vida es lo mismo creerla y experimentarla, como viviéndola a lo animal, a lo irracional, a lo Hotentote.

Mas cuando nuestro espíritu ha hecho el primer acto de conciencia (que solo puede ser cuando la mayoría de los instintos de su alma y cuerpo se han saciado de su ley), puede entonces someterlo sin violencia y emprender sus trabajos de justicia.

Estos consisten, en satisfacer sus deudas a la creación y a los individuos; y en la esperanza de librarse de sus cargos de conciencia, trabaja sin descanso y sin tener en cuenta beneficios inmediatos; lo cual, aunque sepa el tal espíritu que lo que paga ya lo disfrutó, no deja de ser un sacrificio y mayor que cuando se obra o se trabaja para cobrar y disfrutar de la obra; en este caso, la esperanza da bríos y valor; en el otro caso, es el dolor, recordando que obró mal y la ley le exige el pago; pero en los dos casos, hay una relativa cantidad de sacrificio, como también hay en los dos modos, un principio de amor a la ley, y a sí mismo y a la humanidad.

Si nos entramos en el hogar, encontramos páginas admirables de abnegación sublime, en las madres que saben serlo. Cuando las encontramos corrigiendo al infante, vemos los sufrimientos de la mártir cuando ha de imponer una penitencia para la corrección de una inclinación torcida. Pero la vemos demacrarse, envejecerse y cubrirse de canas su cabeza, en las diferentes aptitudes que tiene que adoptar para corregir al adulto, que un mal ejemplo, o el ambiente social lo contagió en vicios o indignidades. Amonestaciones, miradas que entrañan, sonrisas dolorosas, pero cargadas de amor y ternura; dispensas, tolerancias, ruegos y amenazas y toda una enciclopedia que sólo las madres pueden saber practicar con tremendos sacrificios, a fin de regenerar aquel ser, que es alma de su alma y carne de su carne. ¿Lo consigue? Es su gloria. ¿No lo consigue? Será también su gloria por haber cumplido su misión de madre; pero esa gloria será en medio del más intenso dolor, porque siempre verá la caída moral de aquel ser querido. Sin embargo de esas sublimidades, no está todo eso limpio de egoísmo en lo general y en muy contados casos encontramos ejemplo de abnegación generosa, de amor entero, de sacrificio supremo.

En el legendario pueblo de Israel, es donde más ejemplos ha habido de esta altura.

Registramos el sublime caso de las matronas de Cariandá, que 16 madres, por salvar a todas las demás mujeres, niños, y ancianos de la ciudad, exponen a las 16 docenas más bellas, a la voluntad del sitiador Griego.

Tenemos el caso de la madre de Moisés, que aunque prepara las cosas de modo que no peligre su hijo, puede fracasar; pero su sacrificio representa en todas formas la voluntad de salvar a miles de niños Israelitas, sentenciados Faraón a la muerte al nacer.

Pero el más grande de los sacrificios del amor, es el que hemos historiado de María, la madre de Jesús; que al convencerse de la misión de Jesús, no vacila en entregarle su benjamín, con aquellas significativas palabras: «Puesto que estás convencido de tu misión y tienes discípulos, aceptarás a tu hermano Jaime, que absorbe todo mi amor, porque él cerró mi maternidad»”. Algo de azaroso y tremendo de la vida de María, hemos expuesto en la «Filosofía Austera Racional», en la historia de Jesús, donde aparecen otras mujeres que también se sacrifican para procurar salvar a Jesús.

En otros pueblos hay también actos comparables y de gran valía; pero citamos el caso tremendo de Don Alonso Pérez de Guzmán (el bueno), que encontrándose sitiado en Tarifa por los Muslines a fines del siglo III, consiguieron los sitiadores raptar al único hijo de Guzmán y se lo presentaron maniatado bajo la amenaza de asesinarlo, si no rendía inmediatamente la plaza. Guzmán consulta a su esposa y ésta le contesta: «La vida de mi hijo, no vale más que la de cada soldado a tus órdenes: cada madre nos maldecirá sabiendo que entregamos sus hijos al enemigo por salvar al nuestro. Si no hay otro medio, sacrifiquen nuestro hijo y libremos a todos y todas las madres nos bendecirán y llorarán con nosotros la pérdida del nuestro». Don Alonso Pérez de Guzmán, se asoma a la muralla donde le muestran al inocente niño maniatado y víctima de la venganza del impotente sitiador y con estoicismo ejemplar contesta al enemigo: «Nada más querido para mí, que mi hijo; pero antes está el deber; no rindo la plaza; y si vuestra condición es irrevocable y no tenéis con qué sacrificarlo, ahí va mi puñal». Y les tiró un puñal, quedando a la vista y presenciando el asesinato cobarde del tierno niño.

Estos ejemplos heroicos que nos legó la historia, nos ponen al descubierto la fuerza impulsora que los lleva a cabo; Guzmán lo ha dicho, el deber es lo que hace la convicción en los en los espíritus de luz; por eso nosotros hemos sentado con fundamento que: «El que nada sacrifica, a nada tiene derecho»; y como mandatos hemos creado éste: «Sé señor de ti mismo y esclavo de tu deber»; para lo cual es necesario estar fruídos de los otros dos mandatos supremos: «Conócete a ti mismo», «Ama a tu hermano», los que han puesto en práctica todos los misioneros moralistas, en cualquiera de los cargos que hayan tenido, ya sea como los citados, o aunque sean en las ciencias y las conquistas civilizadoras, siempre es el espíritu el que impulsa.

Cuando en la familia, el amor no sea una imperfección, no habrá esos casos tremendos de sacrificios dolorosos y cruentos para la regeneración de los seres, aunque siempre habrá el sacrificio por el más débil y desvalido, por el deber que es imposición dulce del amor.

Mas aun cuando llegaremos a lo más perfecto del amor de la familia, será siempre ese amor el más imperfecto, por la reducida acción en que se ve circunscripto, por lo que, hay explosiones capaces de engendrar a un ser, que es la disposición directa y por lo tanto la ley general de la Creación.

Consideremos la familia, un almácigo de la sociedad, que produce el amor ciudadano, que ya es mas perfecto que el de la familia, porque es más extenso y menos intenso.

La química nos demuestra científicamente toda la biología de la sociedad. Esa ciencia, en las combinaciones de las substancias afines, logra hasta poner en contacto los más terribles explosivos y se mantienen sin peligro, hasta que un agente extraño y discordante compromete a los afines y los hace explotar en el máximo de su fuerza vital. Asimismo, dos seres que se encierran en el hogar conyugal, viven la vida natural, hasta que se acerca un espíritu que, autorizado por la ley, debe tomar una existencia corpórea y enciende la mecha y explotan los amores espirituales y engendran una vida, rompiendo la monotonía, y pone en acción la vida progresiva, por medio del sacrificio de los tres: padres e hijo.

Queda pues confirmado que, el amor regenerador, impone sacrificio; y por todo lo expuesto en estos capítulos se axiomatiza que: el amor de familia (aunque sea sagrado) es el más imperfecto de los amores.
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